Una penosa travesía sobre nieve profunda


Pajares, 14 de enero de 2017 

 

Nevando como había estado toda la tarde y previsiblemente lo estaría toda la noche, era inútil poner el despertador a las seis de la mañana. La última convicción con la que me acosté fue que bajaría a Villamanín para alcanzar la carretera nacional de León – Oviedo y seguir por ella hasta Pajares, así que con esa idea arranqué del albergue a las diez de la mañana después de esperar inútilmente a que desapareciera la niebla de las alturas. Pero como ya se sabe que la cabra tira al monte, cuando llegué a la bifurcación, pese a que delante de mí tenía una ladera completamente cubierta de nieve reciente, abandoné la idea primera y tiré sin pensármelo demasiado monte arriba. El pueblo yacía adormecido bajo su manto de nieve, las cumbres estaban parcialmente ocultas tras las nubes. Los caminos habían desaparecido pero eran visibles los dos primeros mojones que marcaban el principio de mi itinerario. Un palmo o palmo y medio de nieve… no estaba mal. El aspecto desolado del paisaje mostraba una belleza adusta y sin adorno. De momento sólo tuve que echar mano del gps un par de veces, las señales verticales eran visibles, pero más arriba, junto a una mayor cantidad de nieve las señales empezaron a escasear. La cuesta se hizo más penosa, a veces me hundía en la nieve hasta el muslo. Tenía continuamente en la mente la posibilidad de regresar, pero poco a poco fui subiendo y asumiendo que pese a la densidad de la nevada que había caído me sería posible llegar por esta ruta a Pajares, unos catorce kilómetros de ruta de montaña. Las nubes se abrieron en algún momento, después el tiempo se cerró y empezó a azotar una ventisca cada vez más agresiva, hasta el punto de que en la cota más alta, el Canto de la Tusa, hacía difícil dar un paso adelante. Tuve que descargar para buscar mis gafas de nieve, pero era muy incómodo, se empañaban, se llenaban de nieve. También desaparecieron las señales, todo estaba envuelto por la niebla. Así que saca el teléfono, ponte de espaldas a la ventisca, limpia la pantalla de nieve; la huella digital no funciona a la hora de desbloquearlo, mis manos están demasiado frías. Cualquier maniobra se hace muy lenta en medio de la ventisca.

Las señales del gps me llevan ladera abajo, vuelvo a encontrar otro mojón y más abajo de repente una flecha señala hacia la izquierda, hacia una senda que corta la ladera horizontalmente. A estas alturas la ventisca ha desaparecido y sólo queda abrir huella en una nieve profunda, un trabajo lento y penoso que termina dejándome en un promontorio desde donde veo la carretera de Oviedo a lo lejos. La nieve es tan profunda y costosa de andar que en un momento donde el Camino de San Salvador gira a la izquierda para dirigirse por la montaña hasta el puerto de Pajares, decido abandonarlo para alcanzar la carretera cuanto antes. 


 
Una vez allí ya no abandonaré la carretera hasta el pueblo de Pajares. En el puerto la cantidad de nieve es tal que es obvio que no podré seguir el camino canónico. En el alto un letrero indica la peligrosidad del tramo en esta época del año. De haber continuado por aquel camino no habría llegado antes de la noche a destino.

A estas alturas caminar por la carretera es un bien que agradezco. Mi elección de hoy, que he disfrutado como los mejores días de montaña, de hecho reconozco que no ha sido muy acertada; uno, dos palmos de nieve reciente, y mucho más en lo altos, en un día de niebla y ventisca no es un terreno recomendable para nadie, y menos para un caminante solitario. Hecho el camino, me alegro sin embargo, una bonita experiencia más en mi haber, aunque sepa que en la próxima ocasión debo elegir otro itinerario o volverme a casa. 

 
En Pajares el bar es acogedor, una chimenea caldea el lugar. Los placeres elementales, convertidos por mor de la circunstancias en exquisito degustar de viandas. Fabes del país, manitas de cerdo, arroz con leche, café. Menú aparentemente corriente que se convierte en suculento placer después de cinco horas de bregar con la nieve y la ventisca. Comer junto al fuego, oír a los aldeanos ruidosos y doctorales emitiendo sus opiniones políticas, mirar de reojo el respetable y perfumado escote de Yolanda, la regidora del bar para quien soy un caballero, caballero esto, caballero lo otro y qué prefiere de postre, esto y lo otro; y yo ajeno, enamorado de la maravilla que se adivina tras ese escote, firmes y  acariciantes tetas que más las quisiera el peregrino a modo de regazo en que cobijar su cansancio. Cierro los ojos pensando en mi siesta tras las fabes y las manitas de cerdo, el vino, el café, el arroz con leche y noto que estoy a punto de levitar pensando en las maravillas que debe esconder ese atractivo escote de Yolanda, mesonera y robusto espécimen femenino de las tierras astures.

En el albergue ya me está esperando Marisa, la hospitalera del lugar. Y por hospitalidad que no falte… como siempre. El albergue está acogedor y caliente. Las ventanas son un asomadero al valle cubierto en su zona media por espesas nubes. Un lugar perfecto para pasar el resto del día entretenido en leer y mirar por la ventana.









3 comentarios:

José Luis Moreno dijo...

Debo reconocer que estaba preocupado al saber la etapa que tenias hoy por delante y escuchar las noticias sobre el vendabal que se aveninaba, mi alivio al ver tus noticias.
Sin duda la experiencia es un grado y tu andas por encima de coronel, sigue disfrutando y continua contandolo asi disfrutamos tambien tus amigos.
Un abrazo

Martin Arnanz dijo...

Alberto: esta etápa de hoy para un peregrino normal, le habría supuesto un esfuerzo supremo. Para tí, con la experiencia acumulada en tus caminatas por las montañas en tu juventud, habrá sido pan comido.

Alberto de la Madrid dijo...

De pan comido, Martín, nada :-) . Estas cosas sólo se hacen cuando uno es joven. No volvería a hacerlo, abrir huella en solitario durante cuatro horas y con vestisca es un exceso que no debemos hacer... y menos a nuestra edad, jajaja...
Gracias, José Luis.